lunes, 4 de junio de 2012

Entre los sueños y el delirio

Cuando ciertas ideas se vuelven inservibles



“Entre los muchos errores que hemos cometido todos,
el más importante era creer que alguien sabía  de
socialismo o que alguien sabía cómo se construye.”
Fidel Castro. 2011


Los sueños
En una ocasión, Antonio Machado manifestó que “después de la verdad, no hay nada más bello que la ficción”, mientras, el pensamiento utópico postula que la realidad comienza a manifestarse a nivel ideal como imagen de un deseo que se convierta en realidad. En el plano político y sobre todo cuando de construir órdenes sociales se ha tratado, estas formas de pensamiento se despliegan con gran notoriedad histórica reflejando condiciones y aspiraciones de individuos y clases sociales.
En efecto, los poetas y filósofos han recurrido a Utopía para idealizar un país que a través de la historia ha ido cambiando de lugar y de características, pero mantiene el principio de la esperanza casi mágica, de la abundancia como en el País de Cucaña donde la felicidad se realiza materialmente por medio de “Bellos y espléndidos ríos de aceite, de leche, de miel, de vino” y, también, por el espíritu social que habla de un país en paz, “Siempre el día, jamás la noche, ni querellas ni luchas, tampoco muerte, sino una vida eterna…”.
Esta doble aspiración, es decir, de abundancia material y de justicia social, también se manifiesta en la Utopía estoica del mundo griego, “Las Islas del sol”, como en las posteriores: “La Ciudad del Sol” de Campanella  y en la de Tomás Moro, Utopía (utopías del renacimiento)
Posteriormente, la Revolución Inglesa y la Revolución Francesa, introdujeron elementos nuevos en la vida del hombre, como que la naturaleza humana no es inmutable, por el contrario, se encuentra sujeta a la perfeccionabilidad dentro de las condiciones reales de vida, es decir, es producto de su medio, de la sociedad en la que vive. Este hecho, cambió la naturaleza de Utopía pues en el pasado, aparecía como un mundo acabado e invariable, la República de Platón por ejemplo, fue vista como una verdadera forma de sociedad. En cambio, las nuevas Utopías tendrán en la idea de progreso el nuevo rasgo que las caracterizará en adelante, sobre todo, a partir del aparecimiento de los avances de la técnica y la división social del trabajo que impone duras condiciones de vida a los trabajadores, quienes se ven empujados hacia las ciudades donde se ubican la fábricas. La razón, ya había subido a los altares.
Esta circunstancia, hace que los escritores utópicos comiencen a pensar en determinadas formas de organización social en la que desaparezcan las terribles condiciones del los trabajadores, para dar paso al sueño de una comuna del pueblo que podría representar el reino de la necesidad y la libertad. Es el caso de C. Marx, que emprende la crítica contra la falsa conciencia que confunde lo natural con lo histórico.
Después, las nuevas utopías se dirigirán por un lado, a conservar el statu quo como mejoramiento de lo natural (la pobreza, es considerada por el pensamiento conservador como algo natural) y por otro, relacionar las utopías con la política, la economía, la ética y la igualdad. Luego, aparecieron los pensadores que hablan de la utopía como aquello que no es pero que puede llegar a ser, o dicho de otra manera, utopía es “lo imposible que delimita lo posible”, pero también es “lo imposible que orienta lo posible”.
Lo anterior quiere decir que una cosa es lo pensable, otra lo factible y una distinta lo posible como momentos del pensamiento utópico.  Sí lo anterior se lleva al campo social, el pensamiento utópico no tiene la capacidad para revertir situaciones reales pero sí, un “efecto movilizador” porque por definición, utopía tiene la connotación de imposibilidad y por esa razón, se la dota de cierta racionalidad y de ahí, la idea de que “quien no se atreve a concebir lo imposible, jamás puede descubrir lo que es posible”.
Lo posible sólo es visualizado al someter lo imposible al criterio de factibilidad, es decir, saber si lo imposible es posible. Esto, si lo extrapolamos al mundo de la política llegamos al realismo, como aquel momento en el que la razón política hace posible por una vía distinta lo imposible, pero conservando los principios que animan la política, esa es la diferencia entre realismo político y pragmatismo ya que éste último, se emparenta más con el oportunismo.
Hasta aquí, se ha tratado de mostrar cómo el pensamiento utópico ha estado presente cuando el hombre intenta crear órdenes sociales ideales o que se aproximen a ello, por eso, hoy es común escuchar frases como “otro mundo es posible”, “no vamos a renunciar a la utopía” o “siempre hay que tener una utopía”, todas dichas desde movimientos sociales, grupos contestatarios o partidos políticos. Pero las utopías, si no tienen fundamento racional, son solamente utopías y, por ello, cuando recurrimos al uso del término es necesario dotarlo de ciertos pensamientos que son al final, los que mueven los proyectos sociales y de otra índole, claro está. 

El delirio
No cabe duda que el golpe de Estado del 28J, es la gran avería del régimen político y del sistema de poder en Honduras, pero para que eso termine de ser cierto, hay que oponerle algo distinto a lo que ha existido por décadas en el país en términos de poder, de democracia, de formas económicas, culturales y de dominación en general.
Pero eso “distinto”, no se construye con fórmulas del pasado que fracasaron en la misma dimensión que lo ha hecho el neoliberalismo. Tampoco se construye con “ocurrencias” como el “socialismo primitivo”, (vamos para atrás en lugar de ir para adelante) viendo la historia con los ojos en la nuca o como hacen algunos, que en un alarde de desconocimiento de lo más elemental de la política, confunden el papel de dirigentes sociales con el de dirigentes políticos y viceversa. Una rápida mirada de la historia latinoamericana, nos permite darnos cuenta fácilmente, que la política transcurre por ciclos, por lo menos ha sido así en los últimos cincuenta años, y sí nos fijamos bien, esos ciclos han durado una década o un poco más; eso duró el populismo de los años 70, eso duraron los regímenes militares y eso duró el neoliberalismo (la década perdida).
El actual proceso de cambios reformistas que se observa, comenzó en 1998 con la llegada al poder Hugo Chávez en Venezuela, siguió Bolivia, Ecuador y últimamente Argentina. Ha habido grandes avances en materia social, económica y cultural, sobre todo, en la recuperación del rol del Estado que el neoliberalismo había reducido al mínimo en provecho del mercado para la acumulación de riqueza de unos pocos, a costa de la pobreza de millones de latinoamericanos.
Sin embargo, y como no todo lo que brilla es oro, quienes se dedican al estudio de estos procesos argumentan que algunos de esos cambios, son irreversibles, que ya nada volverá al estado en el que se encontraban esos países antes de iniciado  el cambio, pero cuando se preguntan sí esos procesos en la actualidad se encuentran fortalecidos o debilitados, no tienen una repuesta unívoca por diferentes razones que se reducen a dos factores: uno, por el cambiante entorno  económico internacional que gravita negativamente sobre todo, en aquellos países  que conservan un modelo económico basado mayormente en el extractivismo ya que la industrialización requiere muchos recursos, conocimiento, experiencia y sobre todo lleva tiempo, y dos, por factores internos derivados de conflictos puntuales que llevan al desgaste de los gobiernos, hecho que puede ir restando los apoyos originales a favor del fortalecimiento de los sectores opositores de la derecha, aún cuando el desgaste, no suponga un cuestionamiento al modelo.
Pues bien, ¿cuánto durará el actual ciclo? Es difícil saberlo, vale recordar que a diferencia de los anteriores, a éste en el que nos encontramos, se llegó a través de procesos electorales y que cuando cambie, lo hará por la misma vía. Luego, “esto” que algunos dicen que está en construcción en Honduras ¿toma en cuenta esos ciclos?, ¿se construirá cuando el actual ciclo esté terminando de la misma manera que se intentó la revolución en Centroamérica, cuando el entorno internacional había cambiado y la revolución se vio tardía?  ¿cederemos a los infantilismos y maximalismos del pasado que nunca han tenido las más mínima posibilidad de disputar el poder? O por el contrario ¿terminará prevaleciendo el realismo político presente en la utopía?
Las utopías no se hacen realidad con “chifladuras” – en el sentido que Marx usó el término, para referirse a aquel pensamiento que no está relacionado con la realidad-  ni con cualquier “modelo” que resuelva los problemas de la gente. A veces, se llega no hasta donde dice nuestro talento, sino, hasta donde nos dejan avanzar nuestras debilidades, pero parece que esto no lo entienden los que creen que todavía están en las barricadas o los que van camino a convertirse en politiqueros tradicionales, que confunden la indignación del pueblo con la toma de conciencia para asimilar un cambio social radical, sin que haya sido explicado en qué consiste, (porque no existe) cómo se hace y quiénes lo harán.
La “toma del poder”, “muerte al bipartidismo”, el “fin de la oligarquía”, fin “al Estado neoliberal”, “socialismo catracho” y un largo etc. ¿son parte de la utopía? Y en caso de que lo fuera ¿cómo se hace realidad cada uno de esos “fin”?  ¿se está en capacidad de acometer semejante tarea? ¿es parte de nuestra realidad y de nuestras fuerzas? ¿ tenemos seguridad que eso es lo que desea el pueblo? o ¿es que son sólo frases para la pancarta? Las pancartas también reflejan realidades.
Mientras no se explique qué es y cómo se hace lo anterior, el “socialismo catracho” o “primitivo”, no está en la realidad y menos en la cabeza, sino, en el delirio. Leer a Fidel Castro, vendría bien.
En tanto, oligarcas, pueden dormir tranquilos, la “refundación” no los alcanzará.

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