“Una
agrupación política que se denomine partido liberal debe… definir cuál es su
ubicación actual en concordancia con las ideas revolucionarias que sacuden a
nuestro continente… si no tiene el valor de hacer tal aclaración, corre el
riesgo de ser tomada por una de las agrupaciones conservadoras que guardan el
nombre de Partido Liberal únicamente como rescoldo del pasado y tratan de
ocultar bajo esa etiqueta su carácter de instituciones típicamente reaccionarias”.
Diario El Pueblo, 1967.
Palabras previas
Después de un golpe
de Estado militar (el retroceso más grande, grave y profundo de la política)
surgen diversos cuestionamientos sobre la democracia, los partidos políticos,
las instituciones, los políticos y de la sociedad en su conjunto. Hasta la
década de los años 50s, cuestionar a los actores sociales perteneció al plano
de la especulación —es un momento del pensamiento—, por cuanto no se contaba
con instrumentos que determinaran cuantitativa y cualitativamente su
funcionamiento.
Hoy, las ciencias
sociales en general y la Ciencia Política en particular, cuentan con
herramientas que permiten conocer empíricamente los niveles de desempeño —con
datos en la mano gracias a las encuestas de opinión— y la valoración que hacen
los ciudadanos sobre la política en su conjunto. Cuando se mide la aceptación o
la credibilidad de las instituciones en las sociedades latinoamericanas, en el
último lugar aparecen los partidos políticos (22% en el último informe de
Latinobarómetro 2009).
Por otro lado, la
crisis de los partidos es un tópico largamente abordado y poco atendido en lo
que se refiere a su incapacidad de renovación, falta de democracia interna, reclutamiento
deficitario, mediocridad, corrupción etc., sobre todo en países como los
centroamericanos. De ahí que no resulte extraño su decadencia y superación por
otros actores sociales, no obstante “que el partido político es el más
relevante, pero no exclusivo, actor político en las democracias…”[1],
es decir, que hace tiempo dejó de ser el único actor en el que los individuos
se sentían representados.
En el caso de
Honduras, el cuestionamiento a los “partidos tradicionales” por ejemplo, se ha
hecho incluso antes de su existencia formal en (1891) se les consideraba
“bandos políticos” con ideas “rudimentarias y confusas” y la existencia del
“bando liberal”, solo en “espíritu”, pero no en verdad[2].
En este mismo
sentido, más adelante otros pensadores han dicho que…
“Ambos
partidos han perpetrado los mismos desmanes y arbitrariedades, burlándose de la
Constitución… ambos han tenido a su disposición a los demagogos, los recursos
del Erario y los funcionarios expertos para resolver los problemas financieros
sólo en beneficio propio. Se puede afirmar que más que las doctrinas, son los
intereses exclusivistas de los núcleos personales o las codicias de los
ambiciosos los que han establecido diferencias que se señalan por los colores
de las banderas de los partidos o por la flor en el ojal. Han sido, pues,
bandas capitaneadas por individuos sin escrúpulos que se han hecho llamar
“libertadores” o “salvadores de la patria”[3].
En la actualidad y
como uno de los múltiples efectos del golpe de Estado por la participación de
sus “cúpulas” en el mismo, los partidos políticos sobre todo los
“tradicionales” y sus “comparsas” (la “Democracia Cristiana” y el PINU) han
salido debilitados frente a gran parte de la opinión pública que cuestiona
incluso su existencia misma, se escuchan numerosas voces que hablan del “fin
del bipartidismo” y desde La Resistencia y otros sectores, la necesidad de
crear un referente político nuevo en forma de Frente Amplio que modifique el
sistema político y la correlación del poder. En el Partido Nacional, la crisis
no comenzó a notarse sino hasta cuando las “aspiraciones” –léase ambiciones
personales y de grupos- se hicieron visibles entre los distintos “líderes” de
ese viejo partido conservador. Rápido se olvidó que está en el “poder” gracias
al golpe de Estado, del que por cierto, el propio presidente del Comité Central
del Partido Nacional fue uno de sus principales apoyadores “a mucha honra”.
Por lo tanto, “la
gran discusión” ahora es sí la convocatoria a la próxima Convención fue hecha
en tiempo y forma (como se dice en la jerga jurídica), que si el “líder” tal o
cual asistirá a la misma o no, que sí los empleados públicos despedidos de tal
cual dependencia es sectarismo o no, o
como manifestó uno de sus “barones”, “estamos preocupados por las actuaciones
del Ministro de Educación – quien ha manifestado sus simpatías por el partido
LIBRE- porque con ello puede poner en peligro nuestro triunfo en la próxima
elección”. Es decir, mientras al ministro le preocupa la educación, al “líder”
nacionalista y también “padre de la patria” le preocupa la próxima elección;
así son los “demócratas” de avanzados.
Renovación
y Cambio, ¡Gracias pero no!
Se sabe que el
liberalismo, desde que apareció como doctrina política durante la Revolución
Inglesa inspirada por John Locke en el siglo XXVII, significó el triunfo de las
libertades personales frente al poder, y posteriormente, un cambio en el modo
de pensarlo, ejercerlo; y por derivación, en la acción política.
La filosofía política
se ha encargado de mostrarnos que desde la antigüedad, el hombre se ha dirigido
a buscar una especie de “ideal” social en forma de “Estado” o de “gobierno”: en
Platón, el gobierno de los sabios (filósofos); en la Ilustración, un contrato
social; en Marx, el proletariado; en la Revolución Bolchevique —con Lenin a la cabeza—,
un partido político como vanguardia de una clase social; y en otras formas de
pensamiento, hasta una raza “elegida”.
El liberalismo
político —la moral del capitalismo según Marx—
encontró la democracia, considerada desde todo el espectro ideológico
como “burguesa”, “liberal”, “formal”, “defectuosa”, “vacía”, hasta, “el mejor
sistema para vivir”. Como toda ideología política poderosa, el liberalismo
contó con figuras estelares como John Stuart Mill, John Locke y Adam Smith, sin
dejar de mencionar a David Ricardo, el discípulo de Smith, quienes elaboraron
todo el andamiaje categorial sobre el que se fundamentó como doctrina económica
y política.
Pero no por ser una
ideología potente, ha estado exenta de las manipulaciones e interpretaciones
más variadas, desde las que ven el liberalismo como conservadurismo asociado a
un sistema económico explotador basado en el “laissez faire”, hasta aquellas
que lo asocian con “radicalismo”; como ocurre en Estados Unidos, donde ser liberal
es estar a favor de los llamados temas valóricos, ser tolerante, tener
preocupación por la justicia social, sustentar posturas en contra de
actividades económicas monopólicas y estar a favor de políticas reguladoras. En
Europa, tiene escazas simpatías, son
pocos los partidos que se denominan “liberales”, no solamente por su bajo
volumen electoral como en Alemania o Inglaterra, sino, porque es visto como
algo de otros tiempos que no tiene cabida en una época caracterizada por la
ampliación de las libertades y la
extensión de los derechos.
En América Latina, el
liberalismo es cosa del pasado, y donde aún existe, es más una etiqueta que una
ideología. En la mayoría de los países, y en la medida que sus sistemas
políticos fueron capaces de aceptar, legitimar y reconocer partidos políticos
al extremo opuesto del espectro ideológico como los partidos socialistas y
comunistas, e incluso, social cristianos, el liberalismo tendió a su
desaparición, debido a que comenzó a ser visto como sinónimo de conservadurismo.
El liberalismo ha
sido a la burguesía lo que el marxismo al proletariado, es decir, sustentos
ideológicos de clases sociales antagónicas que terminaron perfilando los
contornos de la política por mucho tiempo, a través de la lucha de clases según
la literatura marxista. En algunos casos como en Chile —en donde el Partido
Liberal existió hasta 1965—, el liberalismo era la ideología de clases ilustradas
de derecha, pero democráticas.
En el aspecto
económico, derivó en el neoliberalismo, muy de capa caída, sobre todo, en
América Latina. Pero con mucha fuerza todavía, pues encontró en Milton Friedman
(1912-2006) y Friedrich Hayek (1899-1992) a sus más notables representantes, de
cuyas teorías surgió la “Escuela de Chicago”, cuyos postulados económicos, se
convirtieron en catecismo invaluable para un buen contingente de economistas
neoliberales.
En Honduras como en
Centroamérica, se le asocia con las ideas que sustentaron grupos derivados de
la independencia que influenciados primero por el positivismo, trataron de
establecer sociedades seculares de orden y progreso. Las ideas tenían un
sentido profundamente utilitarista pero a la vez crítica de la realidad, y
sobre ellas, se fue construyendo la idea de una sociedad más abierta. Políticamente,
se ampliaron los derechos, se sentaron las bases de un Estado más o menos
moderno, y sobre todo, el liberalismo aparece como lo opuesto a conservadurismo
algo que con el tiempo se perdió.
Hoy, el liberalismo
como doctrina política sólo es un nombre, confuso y difuso, usado a
conveniencia; existen “liberales-conservadores” y “conservadores liberales”,
como en Estados Unidos, donde el término evoca las posiciones que asumen
ciertos grupos hacia temas como el comercio (los republicanos son “liberales” y
los demócratas conservadores”) o las libertades civiles (los republicanos son
“conservadores” y los demócratas “liberales”).
En nuestro país, el
Partido Liberal ha oscilado entre un progresismo original (1891-1911) y un
conservadurismo actual, pasando por algunas etapas de remozamiento ideológico
(1933-1957) y su ubicación en la “Izquierda democrática” (1967), hasta nuestros
días en donde vemos una vez más su constante existencial: la división y su
tendencia golpista.[4]
Desde la mal llamada
“vuelta a la democracia” en 1982, la “élite” dirigente del Partido Liberal ha
demostrado a través de todos estos años —con las consabidas excepciones del
caso— su profundo conservadurismo, que cuando les ha tocado, la evidencia que
pertenecen a épocas pasadas salta a la vista, como quedó demostrado a raíz del
golpe de Estado; “ una ola de cinismo y corrupción, una especie de “destape”
que ha dejado al denudo la descomposición política y ética en que se sazona la
clase política hondureña de hoy”[5] y
de la que fue parte la dirigencia liberal actual.
Cuando se observa
esta constante conservadora y reaccionaria de sus dirigentes, que convirtieron
su ideología en una fraseología folklórica de mal gusto (“soy un hombre y tengo
el sexo perfectamente definido”, “masturbación mental”, “yo no sé si entre los
hombres, sólo que sean del otro lado, se sientan celosos porque yo ande con
algún reportero”, “yo, cuando niño, mi madre me obligaba a beber tres aceites y
yo me revelaba; ahora con tantos años tampoco paso ese “purgante” que me
quieren hacer pasar”, “aquí estamos los hombres y mujeres de Suazo Córdova”, “
ya les vamos a enseñar quien tiene la mulas”, “catrines con calcetines de
seda”, “vamos a ir con música a cantarle el entierro a callejas” etc. etc.)[6]
También ha habido
voces y pensamientos lúcidos como el de Edmon L. Bográn que llamaron al
remozamiento ideológico y doctrinario: “…
las bases ideológicas del partido ya no satisfacen las condiciones de la
Honduras de hoy… el partido debe ser democrático y revolucionario. Lo primero
para ayudar al pueblo a escoger sus destino, y lo segundo para cambiar las
obsoletas estructuras del país…”[7]
Este tipo de
observaciones, agudas, profundas y actuales se venían haciendo desde décadas
atrás advirtiendo lo que podría suceder si el partido no atendía los cambios
que era necesario introducir, “Sí el Partido Liberal, en un momento de
ceguera continua atado a personajes del pasado, ahora más que nunca
radicalizados en una derecha a ultranza, habrá perdido su gran batalla, la de
su supervivencia”[8].
Nada de esto ha
importado a los “liberales” sumidos en la vorágine y la borrachera del “poder”
cuando lo han usufructuado, que no ejercido. Los demagogos, los incompetentes,
los politiqueros de poca monta, los funcionarios expertos en resolver los
problemas financieros particulares de los que habla Rafael Heliodoro Valle y
los vulgares golpistas, son los que han sustituido a los líderes y pensadores
que nutrieron de ideas progresistas al Partido Liberal en algunas épocas de sus
historia, hasta convertirlo en lo que es hoy, un partido shakiriano ciego, sordo
y mudo, instrumento de la oligarquía.
Golpe
de Estado, o el Big Bang del Partido Liberal
Existen ciertos
hechos —no fenómenos, el fenómeno sólo es la parte visible de los hechos— que
desencadenan otros en múltiples direcciones; sucede en todos los planos y las
diferentes ciencias se encargan de estudiarlos y trasladarlos a los individuos
para que sean conocidos. Lo mismo sucede en la política —la actividad que
civilizó al hombre— que por su “naturaleza”
misma, en ella acontecen hechos diversos, uno de ellos es un golpe de
Estado que supone paradojalmente, su propio fracaso.
Desde hace casi cien
años los astrofísicos han venido desarrollando una teoría que trata de explicar
el origen del universo, dicha teoría se refiere a la gran explosión que habría
ocurrido hace millones de años —según algunos modelos científicos— y que
originó el universo, la denominaron el Big Bang. Según esto, el Big Bang es
sinónimo de creación, pues bien, si extrapolamos este hecho al plano social y
concretamente al político, tendríamos que el golpe de Estado es al Partido Liberal,
lo que el Big Bang al universo, sólo que al revés, en lugar de ser algo
creador, el “golpe” es una implosión destructora.
De ese “Big Bang
político”, se puede pasar a otro tema de la astrofísica que nos podría dar
elementos sobre las posibilidades de regeneración o desaparecimiento del
Partido Liberal: los “agujeros negros”. Los cosmólogos y astrofísicos llaman
“agujeros negros” a lo que sería algo así como un espacio dejado por la “muerte”
de una estrella tan grande, que dicho espacio es capaz incluso de atrapar la
luz.
Stephen Hawking, el
gran astrofísico inglés, postuló por mucho tiempo que la información sobre la
materia del universo se perdía en los “agujeros negros”, pero hace un tiempo
aprovechó una Conferencia Mundial de astrofísicos para reconocer que la
información se conserva, rectificando su teoría original. Yo me pregunto si el
agujero negro que dejó el golpe de Estado en el Partido Liberal, conserva la
materia de su “redención” ¿o esa materia ya se perdió?, ¿o seguirá siendo nido
de golpistas “a mucha honra”?, ¿ya tendrá fecha de vencimiento?
¡Ya
queremos a “Mel”…aunque sea…pero queremos a “Mel”!
Nadie duda que el
golpe de Estado militar partió en dos al Partido Liberal: golpistas y
resistentes, y polarizó al país en general. Las balas, las muertes, los
asesinatos, los toletazos, el gas contra los manifestantes, los cadenazos, las
violaciones a las mujeres, la persecución contra los jóvenes, el estado de
sitio, el cierre de los medios de comunicación opuestos al golpe y todas las
violaciones a los Derechos Humanos registradas, documentadas y comprobadas por
los organismos internacionales como la (CIDH), aún están muy frescos para pedir
“unidad y reconciliación”.
En los países que
sufrieron dictaduras, quiebre institucional y violación de Derechos Humanos o
crímenes de lesa humanidad, la reconciliación es un proceso de mediano y largo
plazo; por lo que en Honduras, deberá pasar un tiempo, sobre todo, cuando haya
verdad y justicia. Los políticos que tengan la pretensión de mostrar que han
aprendido la lección, deben saber que por ahora la unidad y la reconciliación
tendrán que esperar, por lo tanto,
también deben saber que la campaña política estará marcada por la polarización
alrededor de la dicotomía resistencia-golpistas, principalmente, al interior
del partido liberal.
Otro factor que
seguirá dominando la polarización, son las deslealtades y desconfianzas que
antes, durante y después del golpe se mostraron a plenitud. En el sector del
golpismo liberal ya se dieron cuenta —tardíamente— que el golpe de Estado no
tenía razón de ser, pero más importante aún, que el principal “líder” del partido
y del país es “Mel” Zelaya, algo que reconoce también la oligarquía, de ahí su
oposición a que regrese.
Por lo anterior, los
poderes fácticos del país junto a los oligarcas del partido liberal están
desesperados en la búsqueda de un candidato que según ellos, sea “potable” a la
derecha recalcitrante, antidemocrática y violenta y al mismo tiempo a la
Resistencia Liberal, algo que en las condiciones actuales no es posible.
Veámos: esos cálculos solo tienen sentido hacerlos en la “cúpula” de los
“varones del partido” y en sus operadores políticos —nombre común, mandaderos—,
que pueden ser diputados, algunos alcaldes obsecuentes o personajes a sueldo.
Cuando ese cálculo
quieran traducirlo a la práctica política, se encontrarán con una enorme y
hostil barrera, que es La Resistencia del pueblo liberal; si no han hecho ese
otro cálculo, les pasará lo mismo que al caminante que estando frente a un
abismo negó que fuera tal cosa, le advirtieron del peligro pero no atendió y
cuando se acercó, cayó en el abismo, pero ya era tarde.
El error de los oligarcas
liberales es creer que es posible seguir haciendo política como si aquí no pasó
nada, quien se atreva a tratar de engañar al pueblo con un “mensaje de fe y
esperanza” se llevará el fiasco de su vida. En política y en cada época
histórica, los partidos enarbolan banderas de lucha, en el pasado el partido
liberal tuvo como bandera el respeto a las libertades en tiempos de dictadura,
en otro momento, el fin de gobiernos militares, y, la justicia social etc.
Una bandera de lucha
es una herramienta poderosa para alcanzar lo que se busca, el cambio social,
libertades políticas, derechos sociales o la conquista del poder para gobernar.
Siempre ha habido banderas de lucha, porque son las motivaciones que movilizan
a la gente o actores de la sociedad, desencadenan procesos y dan sentido a los
objetivos y las expectativas.
Hoy las banderas de
lucha son derivadas del golpe de Estado, como la convocatoria a una Asamblea
Nacional Constituyente que redacte una nueva Constitución, el desmantelamiento
del entramado golpista que aún perdura, verdad y justicia en las violaciones de
Derechos Humanos, cambios sociales que ayuden a mejorar las condiciones de
pobreza en que vive más del 60% de la población, la descriminalización de la
protesta social etc., pero difícilmente, podrán ser asumidas por quienes siguen
pensando en candidatos al estilo tradicional.
En las nuevas
condiciones que generó el golpe de Estado, tendrán aceptación, aquellos grupos
con capacidad de hacer una propuesta novedosa, renovada, moderna y progresista
contenida en un Proyecto Político que contenga líneas doctrinarias, políticas y
programáticas; grupos o grupo con capacidad de erigirse discursivamente como la
fuerza más representativa de lo moderno y que pueda elaborar un relato político
creíble, que represente las aspiraciones de la gente.
Por último, el
discurso tradicional no llega siquiera a un ejercicio intelectual y menos tiene
que ver con la realidad, por ello, la unidad de cualquier grupo o partido
moderno es alrededor de un Proyecto Político que retome las banderas de lucha
aquí mencionadas, en tanto símbolos que condensan valores, convicciones
colectivas no reductibles a engaños publicitarios y que representan el pasado. Por
cierto, todo proyecto político lo encarna un “líder”, que por ahora no tiene el
Partido Liberal, por eso, la pretendida “unidad liberal” no existe ni puede
existir sobre la base de los mismo y de los mismos, la “unidad” es una
fotografía para la gradería, una gradería que por cierto, quedó medio vacía
después del golpe de Estado.
[1] Pasquino, Gianfranco; Nuovo corso di Scienza Política, il Mulino, Bolonia, Italia, 2009,
citado por Sergio Micco y Eduardo Saffiro “La crisis terminal de los partidos:
un tópico errado”. Asuntos Públicos Informe No 775, 28/12/2009. www.asuntospublicos.ced.cl
[2] Rosa, Ramón. Obra Escogida;
Introducción, selección y notas de Marcos Carías. Editorial Guaymuras,
Tegucigalpa, Honduras, 1980, pp. 202-203
[3] Valle Heliodoro, Rafael. Historia
de las Ideas Contemporáneas en Centroamérica. Fondo de Cultura Económica,
México, 1960, pág. 66.
[4] Para una lectura más completa sobre estas oscilaciones ideológicas
véase: Suazo Rubí, Sergio. Auge y Crisis
Ideológica del Partido Liberal 100 años, Alin Editora, Tegucigalpa,
Honduras, 1991
[5] Barahona, Marvin. “Transición democrática, golpe de Estado y
crisis política: ¿continuidad o cambio? Envíos Honduras, año 8, No 25, Junio, Tegucigalpa, Honduras,
2010, pág. 17.
[6] Suazo Rubí, Sergio. Op. Cit.
[7] IDEM, pág. 175
[8] IDEM, pág. 117
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