jueves, 3 de mayo de 2012

Par (tido) Liberal. La vida en rojo.



Una agrupación política que se denomine partido liberal debe… definir cuál es su ubicación actual en concordancia con las ideas revolucionarias que sacuden a nuestro continente… si no tiene el valor de hacer tal aclaración, corre el riesgo de ser tomada por una de las agrupaciones conservadoras que guardan el nombre de Partido Liberal únicamente como rescoldo del pasado y tratan de ocultar bajo esa etiqueta su carácter de instituciones típicamente reaccionarias”.


Diario El Pueblo, 1967.


Palabras previas

Después de un golpe de Estado militar (el retroceso más grande, grave y profundo de la política) surgen diversos cuestionamientos sobre la democracia, los partidos políticos, las instituciones, los políticos y de la sociedad en su conjunto. Hasta la década de los años 50s, cuestionar a los actores sociales perteneció al plano de la especulación —es un momento del pensamiento—, por cuanto no se contaba con instrumentos que determinaran cuantitativa y cualitativamente su funcionamiento.
Hoy, las ciencias sociales en general y la Ciencia Política en particular, cuentan con herramientas que permiten conocer empíricamente los niveles de desempeño —con datos en la mano gracias a las encuestas de opinión— y la valoración que hacen los ciudadanos sobre la política en su conjunto. Cuando se mide la aceptación o la credibilidad de las instituciones en las sociedades latinoamericanas, en el último lugar aparecen los partidos políticos (22% en el último informe de Latinobarómetro 2009).
Por otro lado, la crisis de los partidos es un tópico largamente abordado y poco atendido en lo que se refiere a su incapacidad de renovación, falta de democracia interna, reclutamiento deficitario, mediocridad, corrupción etc., sobre todo en países como los centroamericanos. De ahí que no resulte extraño su decadencia y superación por otros actores sociales, no obstante “que el partido político es el más relevante, pero no exclusivo, actor político en las democracias…”[1], es decir, que hace tiempo dejó de ser el único actor en el que los individuos se sentían representados.
En el caso de Honduras, el cuestionamiento a los “partidos tradicionales” por ejemplo, se ha hecho incluso antes de su existencia formal en (1891) se les consideraba “bandos políticos” con ideas “rudimentarias y confusas” y la existencia del “bando liberal”, solo en “espíritu”, pero no en verdad[2].
En este mismo sentido, más adelante otros pensadores han dicho que…
“Ambos partidos han perpetrado los mismos desmanes y arbitrariedades, burlándose de la Constitución… ambos han tenido a su disposición a los demagogos, los recursos del Erario y los funcionarios expertos para resolver los problemas financieros sólo en beneficio propio. Se puede afirmar que más que las doctrinas, son los intereses exclusivistas de los núcleos personales o las codicias de los ambiciosos los que han establecido diferencias que se señalan por los colores de las banderas de los partidos o por la flor en el ojal. Han sido, pues, bandas capitaneadas por individuos sin escrúpulos que se han hecho llamar “libertadores” o “salvadores de la patria”[3].
En la actualidad y como uno de los múltiples efectos del golpe de Estado por la participación de sus “cúpulas” en el mismo, los partidos políticos sobre todo los “tradicionales” y sus “comparsas” (la “Democracia Cristiana” y el PINU) han salido debilitados frente a gran parte de la opinión pública que cuestiona incluso su existencia misma, se escuchan numerosas voces que hablan del “fin del bipartidismo” y desde La Resistencia y otros sectores, la necesidad de crear un referente político nuevo en forma de Frente Amplio que modifique el sistema político y la correlación del poder. En el Partido Nacional, la crisis no comenzó a notarse sino hasta cuando las “aspiraciones” –léase ambiciones personales y de grupos- se hicieron visibles entre los distintos “líderes” de ese viejo partido conservador. Rápido se olvidó que está en el “poder” gracias al golpe de Estado, del que por cierto, el propio presidente del Comité Central del Partido Nacional fue uno de sus principales apoyadores “a mucha honra”.
Por lo tanto, “la gran discusión” ahora es sí la convocatoria a la próxima Convención fue hecha en tiempo y forma (como se dice en la jerga jurídica), que si el “líder” tal o cual asistirá a la misma o no, que sí los empleados públicos despedidos de tal cual  dependencia es sectarismo o no, o como manifestó uno de sus “barones”, “estamos preocupados por las actuaciones del Ministro de Educación – quien ha manifestado sus simpatías por el partido LIBRE- porque con ello puede poner en peligro nuestro triunfo en la próxima elección”. Es decir, mientras al ministro le preocupa la educación, al “líder” nacionalista y también “padre de la patria” le preocupa la próxima elección; así son los “demócratas” de avanzados.

Renovación y Cambio,  ¡Gracias pero no!

Se sabe que el liberalismo, desde que apareció como doctrina política durante la Revolución Inglesa inspirada por John Locke en el siglo XXVII, significó el triunfo de las libertades personales frente al poder, y posteriormente, un cambio en el modo de pensarlo, ejercerlo; y por derivación, en la acción política.
La filosofía política se ha encargado de mostrarnos que desde la antigüedad, el hombre se ha dirigido a buscar una especie de “ideal” social en forma de “Estado” o de “gobierno”: en Platón, el gobierno de los sabios (filósofos); en la Ilustración, un contrato social; en Marx, el proletariado; en la Revolución Bolchevique —con Lenin a la cabeza—, un partido político como vanguardia de una clase social; y en otras formas de pensamiento, hasta una raza “elegida”.
El liberalismo político —la moral del capitalismo según Marx—  encontró la democracia, considerada desde todo el espectro ideológico como “burguesa”, “liberal”, “formal”, “defectuosa”, “vacía”, hasta, “el mejor sistema para vivir”. Como toda ideología política poderosa, el liberalismo contó con figuras estelares como John Stuart Mill, John Locke y Adam Smith, sin dejar de mencionar a David Ricardo, el discípulo de Smith, quienes elaboraron todo el andamiaje categorial sobre el que se fundamentó como doctrina económica y política.
Pero no por ser una ideología potente, ha estado exenta de las manipulaciones e interpretaciones más variadas, desde las que ven el liberalismo como conservadurismo asociado a un sistema económico explotador basado en el “laissez faire”, hasta aquellas que lo asocian con “radicalismo”; como ocurre en Estados Unidos, donde ser liberal es estar a favor de los llamados temas valóricos, ser tolerante, tener preocupación por la justicia social, sustentar posturas en contra de actividades económicas monopólicas y estar a favor de políticas reguladoras. En Europa, tiene escazas  simpatías, son pocos los partidos que se denominan “liberales”, no solamente por su bajo volumen electoral como en Alemania o Inglaterra, sino, porque es visto como algo de otros tiempos que no tiene cabida en una época caracterizada por la ampliación  de las libertades y la extensión de los derechos.
En América Latina, el liberalismo es cosa del pasado, y donde aún existe, es más una etiqueta que una ideología. En la mayoría de los países, y en la medida que sus sistemas políticos fueron capaces de aceptar, legitimar y reconocer partidos políticos al extremo opuesto del espectro ideológico como los partidos socialistas y comunistas, e incluso, social cristianos, el liberalismo tendió a su desaparición, debido a que comenzó a ser visto como sinónimo de conservadurismo.
El liberalismo ha sido a la burguesía lo que el marxismo al proletariado, es decir, sustentos ideológicos de clases sociales antagónicas que terminaron perfilando los contornos de la política por mucho tiempo, a través de la lucha de clases según la literatura marxista. En algunos casos como en Chile —en donde el Partido Liberal existió hasta 1965—, el liberalismo era la ideología de clases ilustradas de derecha, pero democráticas.
En el aspecto económico, derivó en el neoliberalismo, muy de capa caída, sobre todo, en América Latina. Pero con mucha fuerza todavía, pues encontró en Milton Friedman (1912-2006) y Friedrich Hayek (1899-1992) a sus más notables representantes, de cuyas teorías surgió la “Escuela de Chicago”, cuyos postulados económicos, se convirtieron en catecismo invaluable para un buen contingente de economistas neoliberales.
En Honduras como en Centroamérica, se le asocia con las ideas que sustentaron grupos derivados de la independencia que influenciados primero por el positivismo, trataron de establecer sociedades seculares de orden y progreso. Las ideas tenían un sentido profundamente utilitarista pero a la vez crítica de la realidad, y sobre ellas, se fue construyendo la idea de una sociedad más abierta. Políticamente, se ampliaron los derechos, se sentaron las bases de un Estado más o menos moderno, y sobre todo, el liberalismo aparece como lo opuesto a conservadurismo algo que con el tiempo se perdió.
Hoy, el liberalismo como doctrina política sólo es un nombre, confuso y difuso, usado a conveniencia; existen “liberales-conservadores” y “conservadores liberales”, como en Estados Unidos, donde el término evoca las posiciones que asumen ciertos grupos hacia temas como el comercio (los republicanos son “liberales” y los demócratas conservadores”) o las libertades civiles (los republicanos son “conservadores” y los demócratas “liberales”).
En nuestro país, el Partido Liberal ha oscilado entre un progresismo original (1891-1911) y un conservadurismo actual, pasando por algunas etapas de remozamiento ideológico (1933-1957) y su ubicación en la “Izquierda democrática” (1967), hasta nuestros días en donde vemos una vez más su constante existencial: la división y su tendencia golpista.[4]
Desde la mal llamada “vuelta a la democracia” en 1982, la “élite” dirigente del Partido Liberal ha demostrado a través de todos estos años —con las consabidas excepciones del caso— su profundo conservadurismo, que cuando les ha tocado, la evidencia que pertenecen a épocas pasadas salta a la vista, como quedó demostrado a raíz del golpe de Estado; “ una ola de cinismo y corrupción, una especie de “destape” que ha dejado al denudo la descomposición política y ética en que se sazona la clase política hondureña de hoy”[5] y de la que fue parte la dirigencia liberal actual.
Cuando se observa esta constante conservadora y reaccionaria de sus dirigentes, que convirtieron su ideología en una fraseología folklórica de mal gusto (“soy un hombre y tengo el sexo perfectamente definido”, “masturbación mental”, “yo no sé si entre los hombres, sólo que sean del otro lado, se sientan celosos porque yo ande con algún reportero”, “yo, cuando niño, mi madre me obligaba a beber tres aceites y yo me revelaba; ahora con tantos años tampoco paso ese “purgante” que me quieren hacer pasar”, “aquí estamos los hombres y mujeres de Suazo Córdova”, “ ya les vamos a enseñar quien tiene la mulas”, “catrines con calcetines de seda”, “vamos a ir con música a cantarle el entierro a callejas” etc. etc.)[6]
También ha habido voces y pensamientos lúcidos como el de Edmon L. Bográn que llamaron al remozamiento ideológico y doctrinario: “… las bases ideológicas del partido ya no satisfacen las condiciones de la Honduras de hoy… el partido debe ser democrático y revolucionario. Lo primero para ayudar al pueblo a escoger sus destino, y lo segundo para cambiar las obsoletas estructuras del país…”[7]
Este tipo de observaciones, agudas, profundas y actuales se venían haciendo desde décadas atrás advirtiendo lo que podría suceder si el partido no atendía los cambios que era necesario introducir,  “Sí el Partido Liberal, en un momento de ceguera continua atado a personajes del pasado, ahora más que nunca radicalizados en una derecha a ultranza, habrá perdido su gran batalla, la de su supervivencia”[8].
Nada de esto ha importado a los “liberales” sumidos en la vorágine y la borrachera del “poder” cuando lo han usufructuado, que no ejercido. Los demagogos, los incompetentes, los politiqueros de poca monta, los funcionarios expertos en resolver los problemas financieros particulares de los que habla Rafael Heliodoro Valle y los vulgares golpistas, son los que han sustituido a los líderes y pensadores que nutrieron de ideas progresistas al Partido Liberal en algunas épocas de sus historia, hasta convertirlo en lo que es hoy, un partido shakiriano ciego, sordo y mudo, instrumento de la oligarquía.


Golpe de Estado, o el Big Bang del Partido Liberal

Existen ciertos hechos —no fenómenos, el fenómeno sólo es la parte visible de los hechos— que desencadenan otros en múltiples direcciones; sucede en todos los planos y las diferentes ciencias se encargan de estudiarlos y trasladarlos a los individuos para que sean conocidos. Lo mismo sucede en la política —la actividad que civilizó al hombre— que por su “naturaleza”  misma, en ella acontecen hechos diversos, uno de ellos es un golpe de Estado que supone paradojalmente, su propio fracaso.
Desde hace casi cien años los astrofísicos han venido desarrollando una teoría que trata de explicar el origen del universo, dicha teoría se refiere a la gran explosión que habría ocurrido hace millones de años —según algunos modelos científicos— y que originó el universo, la denominaron el Big Bang. Según esto, el Big Bang es sinónimo de creación, pues bien, si extrapolamos este hecho al plano social y concretamente al político, tendríamos que el golpe de Estado es al Partido Liberal, lo que el Big Bang al universo, sólo que al revés, en lugar de ser algo creador, el “golpe” es una implosión destructora.
De ese “Big Bang político”, se puede pasar a otro tema de la astrofísica que nos podría dar elementos sobre las posibilidades de regeneración o desaparecimiento del Partido Liberal: los “agujeros negros”. Los cosmólogos y astrofísicos llaman “agujeros negros” a lo que sería algo así como un espacio dejado por la “muerte” de una estrella tan grande, que dicho espacio es capaz incluso de atrapar la luz.
Stephen Hawking, el gran astrofísico inglés, postuló por mucho tiempo que la información sobre la materia del universo se perdía en los “agujeros negros”, pero hace un tiempo aprovechó una Conferencia Mundial de astrofísicos para reconocer que la información se conserva, rectificando su teoría original. Yo me pregunto si el agujero negro que dejó el golpe de Estado en el Partido Liberal, conserva la materia de su “redención” ¿o esa materia ya se perdió?, ¿o seguirá siendo nido de golpistas “a mucha honra”?, ¿ya tendrá fecha de vencimiento?



¡Ya queremos a “Mel”…aunque sea…pero queremos a “Mel”!

Nadie duda que el golpe de Estado militar partió en dos al Partido Liberal: golpistas y resistentes, y polarizó al país en general. Las balas, las muertes, los asesinatos, los toletazos, el gas contra los manifestantes, los cadenazos, las violaciones a las mujeres, la persecución contra los jóvenes, el estado de sitio, el cierre de los medios de comunicación opuestos al golpe y todas las violaciones a los Derechos Humanos registradas, documentadas y comprobadas por los organismos internacionales como la (CIDH), aún están muy frescos para pedir “unidad y reconciliación”.
En los países que sufrieron dictaduras, quiebre institucional y violación de Derechos Humanos o crímenes de lesa humanidad, la reconciliación es un proceso de mediano y largo plazo; por lo que en Honduras, deberá pasar un tiempo, sobre todo, cuando haya verdad y justicia. Los políticos que tengan la pretensión de mostrar que han aprendido la lección, deben saber que por ahora la unidad y la reconciliación tendrán que esperar,  por lo tanto, también deben saber que la campaña política estará marcada por la polarización alrededor de la dicotomía resistencia-golpistas, principalmente, al interior del partido liberal.
Otro factor que seguirá dominando la polarización, son las deslealtades y desconfianzas que antes, durante y después del golpe se mostraron a plenitud. En el sector del golpismo liberal ya se dieron cuenta —tardíamente— que el golpe de Estado no tenía razón de ser, pero más importante aún, que el principal “líder” del partido y del país es “Mel” Zelaya, algo que reconoce también la oligarquía, de ahí su oposición a que regrese.
Por lo anterior, los poderes fácticos del país junto a los oligarcas del partido liberal están desesperados en la búsqueda de un candidato que según ellos, sea “potable” a la derecha recalcitrante, antidemocrática y violenta y al mismo tiempo a la Resistencia Liberal, algo que en las condiciones actuales no es posible. Veámos: esos cálculos solo tienen sentido hacerlos en la “cúpula” de los “varones del partido” y en sus operadores políticos —nombre común, mandaderos—, que pueden ser diputados, algunos alcaldes obsecuentes o personajes a sueldo.
Cuando ese cálculo quieran traducirlo a la práctica política, se encontrarán con una enorme y hostil barrera, que es La Resistencia del pueblo liberal; si no han hecho ese otro cálculo, les pasará lo mismo que al caminante que estando frente a un abismo negó que fuera tal cosa, le advirtieron del peligro pero no atendió y cuando se acercó, cayó en el abismo, pero ya era tarde.
El error de los oligarcas liberales es creer que es posible seguir haciendo política como si aquí no pasó nada, quien se atreva a tratar de engañar al pueblo con un “mensaje de fe y esperanza” se llevará el fiasco de su vida. En política y en cada época histórica, los partidos enarbolan banderas de lucha, en el pasado el partido liberal tuvo como bandera el respeto a las libertades en tiempos de dictadura, en otro momento, el fin de gobiernos militares, y, la justicia social etc.
Una bandera de lucha es una herramienta poderosa para alcanzar lo que se busca, el cambio social, libertades políticas, derechos sociales o la conquista del poder para gobernar. Siempre ha habido banderas de lucha, porque son las motivaciones que movilizan a la gente o actores de la sociedad, desencadenan procesos y dan sentido a los objetivos y las expectativas.
Hoy las banderas de lucha son derivadas del golpe de Estado, como la convocatoria a una Asamblea Nacional Constituyente que redacte una nueva Constitución, el desmantelamiento del entramado golpista que aún perdura, verdad y justicia en las violaciones de Derechos Humanos, cambios sociales que ayuden a mejorar las condiciones de pobreza en que vive más del 60% de la población, la descriminalización de la protesta social etc., pero difícilmente, podrán ser asumidas por quienes siguen pensando en candidatos al estilo tradicional.
En las nuevas condiciones que generó el golpe de Estado, tendrán aceptación, aquellos grupos con capacidad de hacer una propuesta novedosa, renovada, moderna y progresista contenida en un Proyecto Político que contenga líneas doctrinarias, políticas y programáticas; grupos o grupo con capacidad de erigirse discursivamente como la fuerza más representativa de lo moderno y que pueda elaborar un relato político creíble, que represente las aspiraciones de la gente.
Por último, el discurso tradicional no llega siquiera a un ejercicio intelectual y menos tiene que ver con la realidad, por ello, la unidad de cualquier grupo o partido moderno es alrededor de un Proyecto Político que retome las banderas de lucha aquí mencionadas, en tanto símbolos que condensan valores, convicciones colectivas no reductibles a engaños publicitarios y que representan el pasado. Por cierto, todo proyecto político lo encarna un “líder”, que por ahora no tiene el Partido Liberal, por eso, la pretendida “unidad liberal” no existe ni puede existir sobre la base de los mismo y de los mismos, la “unidad” es una fotografía para la gradería, una gradería que por cierto, quedó medio vacía después del golpe de Estado.







[1] Pasquino, Gianfranco; Nuovo corso di Scienza Política, il Mulino, Bolonia, Italia, 2009, citado por Sergio Micco y Eduardo Saffiro “La crisis terminal de los partidos: un tópico errado”. Asuntos Públicos Informe No 775, 28/12/2009. www.asuntospublicos.ced.cl
[2] Rosa, Ramón. Obra Escogida; Introducción, selección y notas de Marcos Carías. Editorial Guaymuras, Tegucigalpa, Honduras, 1980, pp. 202-203
[3] Valle Heliodoro, Rafael. Historia de las Ideas Contemporáneas en Centroamérica. Fondo de Cultura Económica, México, 1960, pág. 66.
[4] Para una lectura más completa sobre estas oscilaciones ideológicas véase: Suazo Rubí, Sergio. Auge y Crisis Ideológica del Partido Liberal 100 años, Alin Editora, Tegucigalpa, Honduras, 1991
[5] Barahona, Marvin. “Transición democrática, golpe de Estado y crisis política: ¿continuidad o cambio?  Envíos Honduras, año 8, No 25, Junio, Tegucigalpa, Honduras, 2010, pág. 17.
[6] Suazo Rubí, Sergio. Op. Cit.
[7] IDEM, pág. 175
[8] IDEM, pág. 117

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