jueves, 3 de mayo de 2012

Poder y Cambio Social desde la Resistencia.

Ideas para un debate

En esta decisión reconocemos el lugar donde cada uno
de nosotros es llamado a oponer resistencia; se crearán
entonces espacios de libertad que pueden abrir horizontes
hasta el momento inesperados.”

Ernesto Sábato

       1.    Palabras preliminares

De no haber sido por la torpeza oligárquica-imperial del 28J, no nos encontraríamos abordando un tema largamente añorado por pequeñas y débiles fuerzas políticas ubicadas a la izquierda del conservador espectro ideológico hondureño. Me refiero al planteamiento y discusión de ideas sobre la posibilidad de sentar las bases de un “modelo” político-social alterno al implantado en Honduras desde hace mucho tiempo, por las élites dominantes.
 Seguramente desde la “independencia”, en el país no se había presentado la coyuntura histórica de producir un cambio societal como la que creó el golpe de Estado; porque es eso, una coyuntura y no el resultado de un proceso de luchas sociales, la que abrió esta posibilidad de cambio (sin dejar de reconocer la lucha de los trabajadores y de otros sectores sociales organizados a lo largo de muchos años). La diferencia con la coyuntura actual reside en que, las luchas del pasado han estado marcadas más por el carácter reivindicativo unas, contestatarias otras y casi siempre por unas relaciones de poder desiguales y asimétricas entre el llamado “sector popular” y el bloque hegemónico con sus variantes políticas según las épocas (militares y civiles).
 En cambio hoy, se trata de la posibilidad que desde una fuerza política nueva - está por verse lo nuevo- como es el partido Libertad y Refundación (LIBRE) se pueda idear un proyecto político alternativo, que rompa no solamente con el bipartidismo[1] sino, con la forma de dominación que los sectores oligárquicos han establecido a través de los partidos tradicionales “acompañados” últimamente, por los partidos “testigos”, como el Partido de Innovación y Unidad (PINU) y el Partido Demócrata Cristiano de Honduras (PDCH).
 El des-aburrimiento que la discusión sobre la “Cuarta Urna” (una buena idea en malas manos) antes del golpe de Estado, era lo único que se había producido políticamente en el país; la vida política transcurría entre algunas ocurrencias del presidente, la simpleza argumental de su grupo más íntimo – en torno a la posibilidad de una Asamblea Nacional Constituyente-  y el desfile de individuos opacos y  reaccionarios, por los principales medios de comunicación adversando  la propuesta de que el pueblo se pronunciara sobre un cambio constitucional.
El golpe de Estado nos retrató políticamente como los bárbaros del Siglo XXI, se nos continúo viendo como “democracia bananera” pero ahora, como “republiqueta” pre moderna incapaz de resolver civilizadamente los problemas de la democracia. Sin embargo, la crisis política provocada por el golpe de Estado, más el agotamiento acelerado del entramado político-institucional del sistema,  la cuasi bancarrota económica del Estado y la apropiación indebida de casi todos los recursos naturales del país por parte de la oligarquía voraz, anti democrática y violenta,  constituyen parte del contexto sobre el cual articular ese proyecto político nuevo que podría dar lugar, al proceso de cambios que el pueblo viene demandando desde hace ya bastante tiempo.
A lo anterior se debe agregar como elemento constitutivo de dicho proyecto, el nuevo sujeto surgido del golpe de Estado: La Resistencia, cuya expresión más visible ha sido el Frente Nacional de Resistencia Popular (FNRP)  hasta la aparición de LIBRE,  y que seguramente tratará de mantener su perfil de organización aglutinadora de otras organizaciones que juntas conforman lo que se podría denominar, el sector social del nuevo partido.
Estas dos variables son necesarias pero no suficientes para la construcción de un bloque alternativo de poder, se requiere de un conjunto de ideas – nuevas por demás- sobre las que se sustente el proceso de cambios que ya son urgentes en el país. Los partidos tradicionales siempre vieron con menosprecio y desdén a quienes desde la academia mostraron críticamente su agotamiento, así como la necesidad de renovación y actualización teórica de los “postulados” que sustentan, pero la ceguera, mediocridad, desidia y desinterés llevaron a que amplios sectores de la sociedad ya no se sientan representados en ellos como lo vienen demostrando dese hace tiempo, diversos estudios de opinión.
Por otra parte, hay quienes piensan que las ideas sobre el cambio social devienen dadas por la vieja y desactualizada dicotomía entre reforma y revolución, otros, por la insurrección – no está clara la diferencia entre insurgencia social, rebelión social y la misma insurrección- y algunos, por la “toma del poder”, pero no se sabe si esto último sucederá antes o después de una nueva Asamblea Nacional Constituyente (ANC).
Este trabajo tiene la modesta pretensión de contribuir al debate que al respecto debe producirse, aclarando dos cosas: una, que no es un tema agotado al contrario, y dos, que se trata de una reflexión teórica-política desde el mundo de la academia, que podría ser el complemento de la política-práctica algo que sería inédito, por la relación tormentosa que siempre ha existido entre política y academia. Esto y no otra cosa, es el propósito.

       2.    Breves reflexiones sobre el poder.  

Intentar reconstruir la sociedad después de una crisis es sin duda, uno de los retos más importantes que puede imponerse fuerza política alguna pues ello supone estar dotado de la voluntad, las ideas y los medios necesarios. Quizás el medio más importante sea el poder, “eso” que algunos anhelan como un fetiche, otros desean como vanidad y los más, como el medio para “cambiar las cosas” pero que inconscientemente estos últimos, son convertidos en “objetos” para que nada cambie.
Desde que la política “civilizó” al hombre - porque ha sido la creadora de los distintos ordenes sociales en lo que ha vivido históricamente- emergió en cada uno de ellos, el elemento que no sólo fija las reglas de la convivencia social, sino, que cohesiona a las sociedad misma, esto es, el poder. De él, se han elaborado las más diversas teorías desde que Aristóteles en siglo IV A.C., trató de sistematizar el tema a partir de las múltiples relaciones sociales que se establecen en una comunidad determinada, y, por su medio, se han tejido las más sórdidas conspiraciones, muertes etc. pero también se han emprendido las más nobles empresas; sociales, políticas, científicas etc.
En éste apartado nos ocuparemos de abordar desde una perspectiva más bien clásica, el tema del poder con el propósito de alumbrar el siguiente, que dice relación con la posibilidad de elaborar un constructo teórico, sobre cómo cambiar la estructura de poder dominante en la sociedad hondureña.
Lo primero, es buscar su origen y significado, el que encontramos en las voces latinas possum- posse que significan “ser capaz”, “tener fuerza para algo”, “ser potente” para lograr el dominio o posesión de un objeto físico o para el desarrollo moral, político, científico etc. También se identifica con el vocablo potestas, que significa “potestad”, “potencia” y “poderío”; y lo mismo con el vocablo facultas que significa “posibilidad”, “capacidad”, “virtud y talento”; possum, alude a “ser potente o capaz”, pero además a “tener influencia e imponerse”.
Potestas y facultas están ligados a la idea de poder, sumado a ellos la idea de fuerza en el sentido de poderío de alguien o sea potentia y de autoritas, que significa “autoridad o influencia”.[2]
Estas acepciones etimológicas del término, tienen en sí, ideas que nos permiten distinguir el estudio del poder en ámbitos que resultan útiles para poder apreciar la evolución de sus significados. Por una parte, la idea de que, hablar de poder sólo tiene sentido hacerlo  a partir de las relaciones que se establecen en una sociedad, por otra, que poder lleva implícita la idea de fuerza y tres, que el poder denota autoridad.
Lo anterior forma parte de un primer ámbito desde donde abordar el tema, el antropológico, el poder fuera de la sociedad, no es posible porque se manifiesta a través de relaciones sociales; a su vez, una sociedad sin poder tampoco puede existir porque es la fuente que establece las reglas básicas e indispensables para la vida del grupo. Podría existir anarquía por un tiempo, pero no permanentemente, por lo tanto la existencia del poder se vuelve indispensable socialmente.
Lo anterior nos permite decir que lo social y el poder se implican recíprocamente, uno no podría existir sin el otro, de la misma manera que hablar de moral no tiene sentido si no es dentro de la sociedad. Cuando Aristóteles habló de que el hombre es un Zoom Politikom (animal político) se refería precisamente a que el hombre es un ser social, esto lo llevó a estudiar las relaciones sociales de su época para elaborar una tipología del poder, según el grupo social en el que se ejerza: así, dice, está el poder del esposo y padre sobre su mujer y sus hijos, el poder del dueño sobre los esclavos y el poder de los gobernantes sobre los gobernados.
Esta división la hace basado en el criterio de que las diferencias mencionadas se encuentran en la naturaleza, que ha creado en el alma dos partes distintas: una para mandar y otra para obedecer. Todos poseen dice, esos elementos esenciales del alma pero en distintos grados:
“El esclavo está absolutamente privado de voluntad, la mujer la tiene pero subordinada; y el niño sólo la tiene incompleta”[3].
Como se puede ver, desde la Grecia clásica se ha intentado definir al poder en el marco del conjunto de relaciones sociales y por lo tanto, lo encontramos en el conjunto de la sociedad comenzando por la familia con su propia estructura jerárquica según sea el grupo social del que se trate, hasta llegar por supuesto, a la política.
Es en ésta última actividad donde encontramos el otro ámbito desde el cual estudiar el poder; el ámbito político, que sí bien fue contemplado por los filósofos griegos, no es si no, hasta la llegada del mundo moderno con los enciclopedistas y antes con algunos pensadores del renacimiento, que el tema del poder alcanza el status de categoría analítica. Si bien en la actualidad se reconoce que el poder no consiste en mandar u ordenar sino, en ser obedecido, está dirigido hacia el Estado que es donde se legitima ya bien por la coacción o a través del convencimiento; esta es una de las perspectivas que el poder es estudiado por pensadores como Michael Foucault o Max Weber.
Weber sostiene que el poder es “la posibilidad de imponer la propia voluntad, dentro de una relación social, aun contra toda resistencia y cualquiera que sea el fundamento de esa posibilidad”[4]. Sin embargo, Weber hace una distinción con otro término que podría dar lugar a confusión pero que forma parte del mismo fenómeno; dominar, entiende la dominación como la posibilidad de que un mandato sea obedecido, en este caso, los miembros de una asociación están supeditados a las relaciones de subordinación debido a un orden establecido en el grupo.
Mientras, como observa Jorge Carpizo de la Universidad de México, el poder es un mandato fáctico pero valorativo que se impone contra la voluntad del otro sin importar la razón de aquella, como ejemplo se puede poner la invocación que se hace desde el poder a la “razón de Estado” cuando una determinada situación social o política, puede poner en peligro al poder mismo. La invocación se hace desde la autoridad y desde la fuerza para ejercer influencia tal como lo plantea Foucault[5].
Para Norberto Bobbio, el poder “es la capacidad de un sujeto de influir, condicionar y determinar el comportamiento de otro individuo” (la capacidad de A para influir en B).
En otros ámbitos culturales y políticos como el marxismo, el poder se explica a partir de un elemento que resulta clave: la lucha de clases, tal es el caso de Nicos Poulantzas, quien considera que en ella estaría la verdadera esencia del poder, es decir, la capacidad de una clase social para realizar acciones en base a sus propios intereses, lo que lleva a situar al poder en un campo de lucha constituido por las relaciones de fuerza entre una y otra clase social. Este autor considera que el poder es relacional, o sea, se refiere a las relaciones no igualitarias (asimétricas) de dominación de las clases sociales[6].
Por último, se puede concluir que cualquiera sea el enfoque sobre el poder político que tengamos, se dirá que además de los elementos clásicos del poder como la autoridad, la coacción y la obediencia existen otros como su fundamento, la legitimidad y sus fines. En esa dirección, el gran tratadista francés Georges Burdeau, considera que el poder es una fuerza al servicio de una idea pero lo que permanece históricamente es la idea.
Entendido así el poder, se manifiesta como un medio pero sí se suprime la idea sólo quedaría la fuerza y entonces, el poder sería un fin en sí mismo y un poder que sea tal cosa, supondría una gran contradicción porque podría llevar a la destrucción del propio poder[7]. Para Burdeau,  el fundamento del poder está en su existencia, necesidad y conveniencia pues la sociedad sin poder no puede existir puesto que el poder es parte fruto de la conciencia del hombre, creado por nuestro espíritu por la necesidad de establecer un orden, que siguiendo a Burdeau, sin él (orden) las sociedades se disgregarían para dar paso a la violencia. El poder político es el poder del Estado, y su característica última es el monopolio legitimo de la coacción, la posibilidad del empleo legítimo de la fuerza física pero conforme a una norma jurídica.
Modificar el poder para construir una mejor sociedad, requiere de gran talante intelectual o dicho de otra manera, de un conjunto de ideas novedosas, ajustadas a la realidad donde encuentren su correlato y por supuesto, de una gran fuerza política y social, de ello nos ocuparemos en el siguiente apartado.

       3.    Crisis del Estado Neoliberal.

 En líneas anteriores manifestamos que el poder político es el poder del Estado, porque supone una serie de elementos que le son propios como sinónimo de derecho, orden jurídico, establecimiento de unas determinadas reglas en la sociedad y no ser arbitrario pues debe ajustar su conducta a las normas establecidas lo que lleva a que el poder, debe subordinarse al derecho porque no siempre quien tiene la fuerza tiene el poder.
Frente a lo anterior, nos ocuparemos de una visión crítica del Estado que nos impuso el desacreditado “Consenso de Washington” y a partir de la experiencia Boliviana, explorar la posibilidad de construir en Honduras un poder político que rebase el poder del gobierno. Una visión  que va más allá de mostrar los pobres y negativos resultados económico-sociales del proyecto neoliberal impulsado en América Latina desde mediados de los años 80s del siglo pasado. También va más allá de las probadas ineficiencias técnico-burocráticas del Estado, en cuanto a su mermada capacidad en satisfacer la creciente demandas sociales - debido entre otras razones, a su debilitamiento financiero a favor del mercado-  y más allá de la teoría que ve al Estado instrumentalmente.
Si bien es cierto que las relaciones de poder no se concentran en un lugar determinado por cuanto se difuminan por todo el tejido social y de múltiples maneras y mecanismos, también es cierto que es en el Estado donde se observa con más claridad la lógica de una clase dominante para pervivir y reproducirse, por ello nos centramos en ver la crisis del Estado como aquel proceso en el que se redefine y se modifica la estructura de fuerzas que conviven en su interior, sobre todo cuando la correlación de esas fuerzas, cambia en contra de aquellas que por su capacidad de decisión, han sido poseedoras del poder para imponer “las ideas dominantes y ordenadoras de la vida política de la sociedad”[8].
Los procesos de cambio social deben sostenerse en ideas claras y distintas (racionalismo cartesiano) sobre aquello que se pretende transformar o modificar, pero además, devienen obligados a estar atentos y responder a determinados momentos coyunturales. El golpe de Estado mostró como en ningún otro momento histórico, la “oligarquización” del Estado por parte del bloque dominante expresada en el control, usufructo y concentración de la riqueza nacional en detrimento del resto de la sociedad; puso en evidencia, sector por sector, a los grupos económicos dominantes, el lugar donde se toman las verdaderas decisiones nacionales: exportadores, inversión extranjera, generadores de electricidad, medios de comunicación, maquiladores, bancos, compañías de telecomunicaciones, importadores, empresas transnacionales etc. sectores que ahora son identificados con nombre y apellidos como el verdadero centro de poder; el golpe de Estado es su máxima  demostración de fuerza.
La materialización de esa fuerza tiene múltiples formas de manifestarse dentro del Estado: por medio de decisiones, a través de una serie de mecanismos creados a propósito como normas, reglas, presupuestos, burocracia, jerarquías, parlamentos etc. es decir, el andamiaje institucional del Estado que es donde las fuerzas muestran toda su capacidad de incidir en las decisiones que afectan al conjunto social. La “oligarquización” del Estado consiste precisamente en adueñarse, controlar y decidir sobre lo que es considerado los monopolios del Estado como ser, la coerción (Fuerzas Armadas y Policía), la riqueza pública (recursos) y la legitimación política. Tener control sobre estos monopolios, es la síntesis suprema del poder.
La expresión que hace referencia a la necesidad de introducir “reformas estructurales” para cambiar las “cosas”, es una verdadera nadería si antes no se aborda el tema del poder, sobre todo, el de las fuerzas que habitan en el Estado. En un Estado como el de Honduras, que se ha visto sobrepasado por las fuerzas que lo dominan o lo “colonizan”, se vuelve imperioso repensarlo y pensar en formas de poder desde una fuerza política y social nueva
Es en este punto donde aparecen una serie de interrogantes que son decidoras para aclarar las “cosas”: los “modelos” de desarrollo que se han ensayado sobre todo después de la Segunda Guerra Mundial bajo el techo conceptual de la llamada “Economía del Desarrollo”, también diseñaron un tipo de Estado según la época; Estado Desarrollista (hacedor y productor), Estado Benefactor (paternalista), Estado neoliberal (mínimo y débil). Hoy, ¿Qué tipo de Estado requerimos?, ¿Cómo se construye?, ¿también lo incluye la refundación? Y ¿Cómo se hace?  Más aún, ¿desde dónde se hace, desde fuera o desde dentro es decir, desde la “oposición” o desde el poder?
Saber contestar estas y otras interrogantes es donde estaría parte de la explicación de eso que se denomina “refundación”, porque dentro de una sociedad lo verdaderamente “fundante” – valga el término-  en la sociedad es el Estado y sus relaciones con el mercado y la sociedad misma, lo demás son agregaciones que el hombre va haciendo en el devenir histórico; por esa razón es que la política en un sentido teleológico, tiene en el Estado su razón de ser. Alguien podría agregar también que la política tiene como fin el poder, si, pero desde que Aristóteles esbozó las distintas formas de poder comenzando por las que se establecen en la vida cotidiana, el estudio del poder se dirigió no sólo a ver la capacidad que tiene “A” para modificar la conducta de “B”, como se mostró en el numeral anterior. También se trata de mostrar que la política es entre muchas cosas, una forma de ejercer el poder, concepto que por cierto,  no recogen los manuales de Ciencia Política.
Resulta pues, de gran necesidad analizar el estado de las fuerzas dominantes en relación al Estado, porque de ello dependerá visualizar si en verdad se está en posición de consolidar primero, y disputar después, a través de un nuevo proyecto político y social, el poder al bloque dominante. Sólo entonces, se podrá hablar de la crisis del Estado o sea, cuando se construye una fuerza política alterna al poder constituido con la suficiente capacidad de incidir, modificar o detener las decisiones que se toman. Esa capacidad tiene diversas formas de manifestarse según sean los propósitos: como insurgencia social, movilización colectiva, luchas populares, resistencia a los procesos privatizadores sobre todo de servicios y recursos naturales, procesos electorales y otras políticas impopulares que en tiempos de “normalidad democrática”, constituyen la vía más aceptada de la legitimación política.
Si se acepta que el Estado es un espacio donde se pone de manifiesto la correlación de fuerzas, la materialización institucional y que es un artificio de construcción colectiva, resulta clave preguntarse ¿cuánto de eso se encuentra en crisis o en situación de estabilidad dentro del Estado hondureño? Quizás el punto más conflictivo tiene que ver con la ausencia de una institucionalidad que no de instituciones, sobre todo las construidas en los últimos lustros, que fueron diseñadas dentro de una cultura política autoritaria lo que explicaría en parte, su alineamiento a favor del golpe de Estado (la decepción más grande de la mayoría de la comunidad cooperante internacional por los recursos aportados a fortalecer la institucionalidad democrática en el país) y con la expulsión violenta del presidente de la república.
Uno de los efectos más negativos que produjo la ruptura democrática después de las graves violaciones a los Derechos Humanos, es el debilitamiento institucional el que ya venía manifestándose en forma de crisis y conflicto entre los poderes del Estado, como igualmente sucedió a través de episodios rupturistas, en la década de los años 80s del siglo pasado.
La explicación para la reiteración del conflicto entre poderes, podría estar en el origen de la llamada “democracia electoral” o “democracia tutelada” que ha prevalecido en el país una vez finalizada la etapa de gobiernos militares en 1982. En efecto, durante mucho tiempo se habló (algunos continúan haciéndolo) de “transiciones” políticas en Centroamérica cuando lo que ocurrió fue más bien una “implantación” en atención a un “arreglo contrainsurgente, sugerido por iniciativa de Estados Unidos, cuya política exterior explica desde hace más de un siglo y en un alto grado las circunstancias de la guerra y de la paz, de las dictaduras o de la democracia en la región”[9].
La llamada democracia liberal fue una excepcionalidad en la mayoría de los países latinoamericanos, y desde luego en Centroamérica, donde (Costa Rica junto con Chile y Uruguay en Sudamérica) la democracia política fue una quimera durante buena parte del siglo anterior en que predominaron los regímenes autoritarios y, en los cortos períodos de “civilidad”, la democracia fue utilizada como medio de “conservación, como instrumento para administrar políticamente las relaciones de poder de modo que no cambien”[10].
El sistema construyó instituciones pero no institucionalidad o sea, el respeto a principios, valores, criterios, actitudes etc. o lo que es lo mismo, respeto por el Estado de Derecho que el  sistema mismo creó. En lugar de una cultura democrática, lo que hemos tenido es una especie de contracultura autoritaria de las élites que cuando no pueden retener el control del poder, recurren a la violencia y a la fuerza desde el Estado colonizado por ellas mismas.
El conflicto de poderes como detonante de las crisis y rupturas presidenciales, ocurre en regímenes electos popularmente pero que poseen baja institucionalidad como el caso de Honduras, o una polarización social extrema. Otras veces una situación económica crítica puede servir de trasfondo para una interrupción presidencial (Alfonsín en Argentina), sin dejar de mencionar las movilizaciones sociales como ha ocurrido en varios países sudamericanos (levantamiento popular en Ecuador, enero de 2000 que destituye al presidente Jamil Mahuad o el levantamiento en diciembre de 2001, en Argentina, que hace caer al presidente Fernando de La Rúa).
El golpe de Estado evidenció la debilidad institucional del sistema Hondureño,  los conflictos entre el Poder Ejecutivo y el Congreso Nacional lo demuestran,  y a la vez, se constituye como parte de las explicaciones que en términos de la teoría política, es el rompimiento constitucional[11].
No obstante la debilidad institucional, la materialización del Estado siguió produciéndose después del golpe de Estado debido a la continuidad jurídico-política, que no es lo mismo que estabilidad política y menos afirmación democrática, a pesar de los enormes y costosos esfuerzos que el bloque dominante hizo tanto a nivel local como internacional  -a través de sus apoyadores de las fuerzas conservadoras en Estados Unidos y de Latinoamérica-  para presentar el golpe, como una “sucesión” presidencial con todo lo absurdo que ello conlleva tal la conclusión de la llamada “Comisión de la Verdad”.
Se podría pensar, y con razón, que el Estado se encuentra en crisis desde hace mucho tiempo, lo que es cierto, pero más bien en términos instrumentales que políticos porque si seguimos el hilo conductor de ésta argumentación, entra en crisis cuando simbólicamente se devela (la crisis) no sólo a nivel de sociedad, sino además, cuando también el poder del Estado  se pone en riesgo de ser fracturado y conquistado por una nueva fuerza que por su propia capacidad, puede elevar a nivel de discurso una nueva propuesta de poder por medio de una organización, un programa y un liderazgo[12].

      4.    Un Nuevo Poder Político
La construcción de una alternativa de poder también tiene efectos directos sobre la sustitución de las élites, algo que sucede cuando la disputa ha dado lugar a la conquista de espacios locales, regionales y nacionales siendo el punto más alto, cuando desde el poder ha sido posible convertir las demandas sociales en actos y procesos de gobierno en el ámbito político (una nueva constitución) y económico (cambios estructurales en el modelo económico), es lo que García Linera denomina el “punto de bifurcación” o sea aquel momento de la crisis de Estado en el que ha aparecido un nuevo poder que puede llegar a ser hegemónico, hasta que en una etapa posterior después de marchas y contramarchas, de avances y retrocesos, se logra la estabilidad del nuevo orden con todas las inestabilidades y luchas internas propias de un verdadero proceso de cambio social.
 Si retomamos la idea de la refundación, en el centro  se encuentra el Estado y  no necesariamente después de una crisis puede salir un nuevo Estado, recordemos que las fuerzas del bloque dominante harán todo lo posible para evitar que sea descolonizado o des-oligarquizado, aquí la política (vista no como el arte de lo posible que es su máxima perversión) hace posible la negociación, las alianzas, los reacomodos de las fuerzas en pugna para bajar el nivel de la tensión y alcanzar la estabilidad pues ninguna sociedad puede vivir eternamente en el conflicto, en algún momento se llega a un determinado orden como resultado de la correlación de fuerzas que arroja la lucha por el poder.
Si lo anterior fuera correcto, vale preguntarse si la lucha de La Resistencia expresada ahora a través de un partido político, se dirige a construir un nuevo contrapoder que dé origen a un nuevo “punto de bifurcación”  o,  ¿alguno de sus hitos en casi dos años de resistir el golpe de Estado y sus consecuencias pueden ser considerados tal cosa? o, ¿no existe ninguno? Y si fuera así, ¿por qué no idear una forma política que  distinga el poder gubernamental del poder del Estado y entre el Estado y poder, que signifique una fractura del poder dominante?  Cómo se hace, se preguntan muchos. Hay quienes creen que con la movilización social, si, pero las sociedades no pueden vivir permanentemente movilizadas ni permanentemente estabilizadas porque la luchas producen inestabilidades. Otros, argumentan que se hace con la insurrección ¿Quienes se van insurreccionar, el pueblo? En Bolivia y en Ecuador, “la calle” (las movilizaciones sociales, una parte del pueblo) hizo caer gobiernos y presidentes pero el poder no lo “tomó” la “calle”, la “calle” sólo construyó otra forma poder hasta que llegó a gobernar porque el “poder popular” también necesita de una materialización y legitimación política es decir, el desplazamiento del poder constituido (oligárquico, burgués, neoliberal etc. y todos los adjetivos que se quieran) debe dar lugar a otro de nuevo tipo, si es que la correlación de fuerzas lo permite.
En el caso de Bolivia que es el más ejemplarizante, la consolidación del “nuevo poder”, fue posible por el apoyo político-electoral en las elecciones de 2005, 2009 y por el Revocatorio de Mandato del Presidente y Vice Presidente en 2008, y también por el apoyo de “la calle”, desde luego. Algo similar ocurrió en Ecuador con sus propias particularidades.
Para lograr lo anterior, primero la “calle” creó un instrumento de lucha, elaboró un programa, un discurso, encontró un liderazgo,  compitió por el poder político y lo alcanzó. Una vez en el gobierno, comenzó la materialización de un nuevo poder político por medio de una Asamblea Nacional Constituyente; luego vino la construcción de un nuevo poder económico sin el cual el poder político no se sostiene en el tiempo y con ello, un nuevo modelo económico productivo se fue imponiendo en el país y sólo entonces, se introdujeron los “cambios estructurales”, con toda la oposición y lucha del bloque dominante tradicional que llegó incluso a intentar un golpe de Estado.
Esta forma de construcción de un nuevo “poder popular” se puede encontrar en muchas partes del mundo durante el siglo XX, en ámbitos no necesariamente políticos, como es el mundo de los trabajadores. Durante cierto tiempo (las primeras décadas del siglo pasado) las clases trabajadoras y otros sectores subalternos, jugaron el papel de resistencia frente a las difíciles condiciones de trabajo que les imponía el capitalismo, esa condición desapareció cuando se constituyeron en actores políticos y sociales a través de su propia organización: el sindicato.
En adelante, las organizaciones expresarán su poder político y social a través de los partidos políticos y por supuesto, de los sindicatos. Vale recordar la identificación que en Europa comenzó a darse entre partidos populares y sindicato, que luego se trasladó a América Latina y  aún se mantiene en algunos casos. Lo anterior sugiere que cuando la clase trabajadora pasa a ser un actor “político”, es porque ahora posee “poder” para hacer frente al poder constituido en forma de capital o de poder político[13]. El ejemplo más claro, es lo que representó la Revolución Bolchevique como manifestación de “poder para los trabajadores” en la construcción de una estructura que se presentaba como alternativa de una sociedad distinta.
Se sabe  -por obvio que es- que una experiencia política no es replicable en otros lugares, por ejemplo, en Honduras no existe una tradición de lucha social y política como la que ha habido en Bolivia o Ecuador desde hace mucho tiempo, pero lo que es común a todas las organizaciones políticas de izquierdas en América Latina, es la imposición de un modelo conservador, depredador y autoritario que bajo el nombre de democracia representativa enmascara una democracia para las élites encargadas de administrar y mantener el statu quo. “Este método democrático no funciona nunca del modo más favorable cuando las naciones están muy divididas por los problemas fundamentales de estructura social”, advertía Joseph Schumpeter a mediados del siglo pasado.
Cada país y cada partido político tienen sus propias especificidades lo mismo que su propia identidad, pero lo que no pueden eludir es la construcción de una estrategia de cambio entendida como un proceso de “gestación de herramientas y condiciones políticas” para el cambio social. Esto se vuelve ineludible por las condiciones particulares de los partidos de izquierdas sobre todo en latinoamérica donde no actúan solos, pues enfrentan a una derecha con capacidad política, ideológica y eficaz para defender sus intereses y hacer prevalecer su visión con lo que condiciona en cierta manera, lo que las izquierdas puedan ser. Ejemplo de lo anterior, es su capacidad por sustraer durante mucho tiempo del debate político, la economía, bajo el supuesto que las decisiones en ese ámbito, le corresponden casi exclusivamente al mercado.
Por otra parte, resulta pertinente establecer un rumbo  y definirlo claramente en caso de que exista, porque la crisis como la que se derivó del golpe de Estado en Honduras, impacta sobre la posibilidad de que se construya un nuevo rumbo impulsado por fuerzas políticas renovadas y renovadoras. Lo anterior presenta varios desafíos: uno, al orientar la acción política hacia los cambios sociales que se pretenden, exige definiciones ideológicas como por ejemplo aclarar si esos cambios llevarán a lo que la presidenta de Argentina Cristina Fernández dijera recientemente, “un capitalismo en serio”, se insistirá con “un liberalismo pro-socialista” que no se sabe que es  -porque parece una ocurrencia más que una definición política- o sí por el contrario, y, frente a las crisis que sufre la idea socialdemócrata en la actualidad, resulta más conveniente desde el mundo de las posibilidades, ampliar la mirada en la parte izquierda del espectro político y darnos cuenta que la definición de las izquierdas ya no entran en la generalizaciones del pasado, cuando se las reconocía por los partidos más representativos y consolidados.
En América Latina que es el lugar donde se puede ver con claridad la existencia de las izquierdas políticas en el mundo, desde mediados de los años 90s del siglo pasado, han emergido una serie de movimientos y organizaciones con gran capacidad de incidencia política y que se les puede ubicar como parte de las izquierdas, más allá del simplismo que habla de la existencia de dos izquierdas “una liberal y otra estatista”. Algunos ejemplos sirven para ilustrar la afirmación: el Movimiento de los Sin Tierra en Brasil (MST), el Movimiento Packakutik que aglutina a la Confederación de Nacionalidades Indígenas de Ecuador, el Movimiento Piquetero en Argentina que “organiza a los desorganizados”, llevan a cabo acciones de cortes de rutas (piquetes) primero como protesta a los despidos de trabajadores de empresas petroleras del Estado y de consorcios internacionales, y luego abarca a los desocupados. También están las innumerables organizaciones que luchan contra el saqueo de los recursos naturales.
Dos, la experiencia de partidos de izquierdas en la región nos muestra que sin un rumbo definido, los partidos corren el riesgo de acomodarse a las disputas electorales cada cuatro,  cinco o seis años según sea el caso. Esto resulta fundamental asumirlo por cuanto la lucha política hoy en Latinoamérica, va acompañada de la lucha de masas para hacer posible un no retorno luego de haber alcanzado ciertos logros, como en efecto se pueden apreciar en aquellos países donde gobiernan partidos de izquierdas tanto en el nivel local, estadual y nacional.
Tres, en relación a lo anterior, y a riesgo de caer en la simplicidad, los resultados obtenidos por el Frente Farabundo Martí de Liberación Nacional (FMLN) de El Salvador, en las pasadas elecciones legislativas y municipales, muestra que a veces las gestiones gubernamentales o locales positivas pueden aportar votos, pero si ello no se traduce en adhesión al proyecto político resulta difícil garantizar un electorado cautivo como bien dice, Beatriz Stolowicz aquí citada.
Y cuatro, queda el imperativo de pensar, buscar y encontrar la manera de engendrar un proyecto político que trate de abordar desde una perspectiva distinta a la del neoliberalismo, el infinitamente complicado problema de la desigualdad que en su connotación más extrema, es una relación asimétrica con múltiples dimensiones que lleva a darnos cuenta en términos simples, que unos pocos tengan mucho y muchos tengan poco. Modificar esa relación es un compromiso ético-político, pero también exige modificar las relaciones de poder principalmente, las relaciones de subordinación que la pobreza tiene respecto del poder económico.

       5.    Reflexiones Finales
Para finalizar, las fuerzas políticas que emergen después del golpe de Estado ahora aglutinadas – que no cohesionadas, al menos por ahora- en el partido LIBRE, animadas por la idea de la refundación, que en el fondo proviene de “un sentimiento de malestar y una resistencia frente al presente, un presente que se desea cambiar convencidos que merecemos algo mejor”[14], corren el riesgo de crear muchas expectativas que pueden dar lugar al mismo tiempo, a muchas decepciones por eso, es preciso delimitar los alcances de dos de las ideas políticas claves de un nuevo proyecto político: una nueva Asamblea Nacional Constituyente y la idea de refundación.
Pero la aspiración, a una refundación constituye en sí una novedad, aunque la aspiración misma no sea nueva puesto que en distintos momentos de la historia latinoamericana, los pueblos han aspirado, sobre todo después de una crisis, a algo nuevo, aún con el riesgo de enfrentar conceptos viejos y fuerzas que lucharán por conservar el presente frente a lo novedoso.
Imaginar el futuro como superación del presente, que será pasado, supone entre otras cosas, repensar políticamente las relaciones de poder como se ha dicho aquí reiteradamente. Una de las grandes dificultades que han tendido las izquierdas es el problema teórico para establecer la diferencia mencionada en este trabajo, entre el poder del Estado y el poder del poder, porque ello conlleva la renovación de la política, o por lo menos, superar la idea de que la democracia es gobernable que es el modelo de democracia representativa prevaleciente pero que claramente ha sido superada por sus propias deficiencias, y por la deslegitimación que amplios sectores sociales han hecho de ella.
Es en resumen, la visión conservadora de la democracia liberal que para participar en ella, impone unas reglas a las que hay que someterse por la vía del “condicionamiento subordinado”, que la política es meramente una competencia por el favor de los votantes y no una actividad que crea posibilidades de una vida mejor.
Pero tanto la ANC como la refundación, requieren de la construcción de un poder alterno y para ello, encontrar aquellas ideas que sirvan de soporte teórico para el nuevo poder al que se aspira. Aquí se propone revisar la estructura del poder hegemónico prevaleciente, y oponerle uno distinto, eso permitirá distinguir el rumbo político: el poder del gobierno o el poder del Estado.
Al estudiar la experiencia boliviana, se encuentra la noción de hegemonía que desarrolló Antonio Gramci sobre la lucha de la clase obrera en Europa de finales del siglo XIX y principios del XX, cuando trascendía lo meramente económico, para situarse también en aspiraciones de tipo político en función de conseguir la hegemonía de la lucha contra el absolutismo. 
En la teoría de Gramci sobre el poder, se nota la diferencia que hay entre “tomar el poder” vs “construir poder”. Esta dicotomía, marcó por mucho tiempo la acción política de partidos y fuerzas de izquierdas porque se dirigía casi exclusivamente a “tomar el Estado”, mientras que en la segunda, Gramci al igual que Foucault, muestran que para cambiar el poder es necesario cambiar los poderes que el capitalismo ha construido es otros espacios menores al del Estado.
Así, la noción de “tomar el poder”, resultaría una concepción equivocada del poder porque desconoce o subestima la compleja red de mecanismos de dominación cotidiana que el capitalismo ha creado en la sociedad. Por lo tanto, se trata de “enfrentar al poder hegemónico con una correlación de fuerzas de poderes contra-hegemónicos que trasciendan el cuestionamiento del sistema…”[15].
En síntesis, se trata de crear un poder “contra-hegemónico” que rebase el único modelo de democracia que nos impuso la tradición liberal, a favor de otras formas de participación desde la diversidad y que asuma de igual manera el ideal democrático, pero que supere  esa “forma inocua de organización del poder político… que tiene como sus principales y casi exclusivos beneficiarios a las minorías adineradas”. ¿Es necesario recurrir a laguna teoría sobre el poder para llegar a él? Depende, si es para acceder al gobierno no, basta creer que es más importante la envoltura que el contenido, basta tener o creer que se tiene la capacidad para acercar a las urnas electorales a los más sencillos y vulnerables socialmente,  basta creer que se puede “convencer” por igual a un pobre que a un rico sobre las bondades como candidato; ¿y las capacidades? Hasta ahora no se ha demostrado que ser inútil o incompetente en Honduras sea un problema, porque se ha visto a la política como “el arte de lo posible”.
En cambio, si el objetivo es alcanzar el poder para modificarlo, si se necesita de una teoría por modesta que sea porque nos permite saber cuánto es demasiado, si antes sabemos cuánto es mucho. “Saberlo por la práctica es imprudente, saberlo por la teoría es juicioso aun cuando teoría y práctica sean caras de la misma moneda”, además, la teoría es la que nos permite saber los límites del cambio social que pretendemos.
Queda esperar para darnos cuenta si la refundación es un mero artilugio de la política como otros, o si por el contario, será el resultado de una serie de cambios que deben producirse en el país a partir de la convocatoria a una nueva ANC. El nuevo partido estará sometido a una doble presión, desde “arriba” y desde “abajo”, lo primero porque las fuerzas más conservadoras comprometidas con el mantenimiento del status quo harán todo lo posible para evitar o mediatizar la demanda de una nueva Constitución Política, y, lo segundo, porque las expectativas creadas en importantes sectores sociales, sobre todo los de menores ingresos, pueden verse frustradas al darse cuenta que no se materializan fácilmente.
A lo anterior, habrá que agregar el factor tiempo, los tiempos y las lógicas de las demandas sociales son distintos a los tiempos de la política; muchas veces la política quisiera modificar el tiempo de la demandas y por ello recurre a la mediatización de las luchas sociales, porque casi siempre corren por delante de ella. El deterioro de las condiciones de vida de los más pobres se acelera y dar respuestas transformadoras apremia, estar a la altura de las circunstancias es un deber ético y una forma alternativa de resistir.






[1] En otras ocasiones nos hemos referido a éste tema, y no es ocioso volver hacerlo  en ésta oportunidad. No es correcto identificar “el fin del bipartidismo” con “él fin de los partidos tradicionales”; en el primer caso, se refiere más bien a la pérdida de la hegemonía política que los partidos tradicionales han tenido en el país, esa pérdida, puede deberse como seguramente ocurrirá, a la emergencia de un partido que acumule suficiente fuerza política y social  (sólo o en alianza con otros partidos) que contraponga un modelo de sociedad y de Estado distinto al establecido. El segundo caso, es más difícil que ocurra puesto que basta que cualquiera de los partidos tradicionales obtenga  el 2% de la votación en los procesos electorales tal como lo estipula la Ley Electoral, para garantizar su existencia por mucho tiempo más. Lo que veremos con seguridad en el corto plazo, es una redefinición y recomposición del sistema político nacional con partidos como LIBRE, siempre y cuando acumule un poder electoral suficiente como para modificar la correlación de fuerzas en el Congreso Nacional, con lo que se modificaría el bipartidismo para dar paso a una modificación del poder político. Lo qué está por saber es qué tipo de redefinición y sí será posible mantenerla en el tiempo: alianzas políticas, alianzas programáticas, instrumentales, entre qué sectores etc.
[2] Mayz-Vallenía, Ernesto. El Dominio del Poder. Editorial Ariel, España, 1982.
[3] Aristóteles. La política. Editorial Espasa- Calpe, Madrid, 1962.
[4] Weber, Max. Economía y Sociedad. F.C.E. México, 1969.
[5] Foucault, Michel. Estrategias de Poder. Ediciones Paidós Ibérica, V. II, Argentina, 1999.
[6] Poulantzas, Nicos. Estado, Poder y Socialismo. Editorial Siglo XXI, México, 1979.
[7] Burdeau, Geroges. Tratado de Ciencia Política. UNAM, México, 1984.
[8]  García Linera, Álvaro. “El estado en Transición. Bloque de Poder y punto de bifurcación”, en: Álvaro García Linera, Raúl Prada, Luis Tapia y Oscar Vega Camacho; El Estado Campo de Lucha, Muela del Diablo Editores/CLACSO, La Paz, Bolivia, 2010.
[9] Torres-Rivas, Edelberto. Las Democracias Malas de Centroamérica. Para entender lo de Honduras, una introducción a Centroamérica. Nueva Sociedad No 226, marzo-abril, Buenos Aires, 2010.
[10] Stolowicz, Beatríz. La Izquierda Latinoamericana gobierno y proyecto de cambio. Nueva Política, Documento de Debate No 1, Transnational Institute,  Amsterdam  y Madrid, 2004.
[11] Mariana Llanos y Leiv Marsteintedret. “Ruptura y Continuidad: La caída de “MEL” Zelaya en Perspectiva Comparada.” América Latina HoyNo 55, Ediciones Universidad de Salamanca, España, 2010.
[12] García Linera, Álvaro. “Epate Catastrófico y Punto de Bifurcación”. Crítica y Emancipación (1) Buenos Aires, Junio, 2008.
[13] Gómez Leyton, Juan Carlos. Política, Democracia y Ciudadanía en una Sociedad Neoliberal (Chile: 1990-2010). CLACSO/Editorial ARCIS, Santiago de Chile, 2010.
[14] De Sousa Santos, Boaventura.  Refundación del Estado en América Latina. Perspectivas desde una epistemología del Sur. Instituto Internacional de Derecho y Sociedad, Programa Democracia y Transformación Global. Lima, Perú, 2010.
[15] Yagenova, Violeta Simona (Coord.) Los Movimientos Sociales y el Poder. Concepciones, Luchas y Construcción de Contrahegemonía. FLACSO, Guatemala, 2010. 






REFERENCIAS
-       Aristóteles. La Política. Editorial Espasa-Calpe, Madrid, 1962.
-       Bordeau, Georges. Tratado de Ciencia Política, UNAM, México, 1984.
-       De Sousa Santos, Boaventura. Refundación del Estado en América Latina. Perspectivas desde una epistemología del Sur. Instituto Internacional de Derecho y Sociedad-Programa Democracias y Transformación Global. Lima, Perú, 2010.
-       Foucault, Michel. Estrategias de Poder. Ediciones Paidós-Ibérica, Argentina, 1999.
-       García Linera, Álvaro. “Empate Catastrófico y Punto de Bifurcación”. Crítica y Emancipación, CLACSO, Buenos Aires, Argentina, 2008.
-       ------------------------- “El Estado en Transición. Bloque de Poder y Punto de Bifurcación”, en: El Estado Campo de Lucha, Muela del Diablo Editores/CLACSO, La Paz, Bolivia, 20010.
-       Gómez Leyton, Juan Carlos. Política, Democracia y Ciudadanía en una sociedad neoliberal (Chile 1990-2010), CLACSO/ Editorial Arcis, Santiago de Chile, 2010.
-       Llanos, Mariana y Maisteintedret, Levy. “Ruptura y Continuidad: la caída de “Mel” Zelaya en Perspectiva Comparada”. América Latina Hoy, No 55, Ediciones Universidad de Salamanca, España, 2010.
-       Mayz-Vallenía, Ernesto. El Dominio del Poder. Editorial Ariel, España, 1982.
-       Poulantzas, Nicos. Estado, Poder y Socialismo. Editorial Siglo XXI, México, 1979.
-       Stolowicz, Beatriz. La Izquierda Latinoamericana. Gobierno y Proyecto de Cambio. Nueva Política, Documento de Debate No 1, Transnational Institute, Amsterdam-Madrid, 2004.
-       Torres-Rivas, Edelberto. “Las Democracias malas de Centroamérica. Para entender lo de Honduras, una introducción a Centroamérica”. Nueva Sociedad, No 226, Marzo-abril, Buenos Aires, Argentina, 2010.
-       Weber, Max. Economía y Sociedad. F.C.E., México, 1969.
-       Yagenova, Violeta Simona (Coord.) Los Movimientos Sociales y el Poder. Concepciones, Luchas, y Construcción de Contrahemonía. FLACSO, Guatemala, 2010.






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